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BAJO EL CONSEJO DEL SACRISTÁN

Había estudiado mucho, a lo mejor demasiado para sus paisanos de Bérgamo. Los campesinos, llenos de fe, asistieron a su primera Misa para escucharle. Y él, que los conocía bien, no los quería dejar desplazados. Por eso escucharía al sacristán.

Angelo Giuseppe Roncalli, el futuro Juan XXIII, había nacido en Sotto il Monte (Bérgamo) el 25 de noviembre de 1881, siendo el cuarto de trece hermanos y hermanas y el tercero entre los hijos varones. La familia Roncalli tenía fama de gran religiosidad y los hijos fueron educados en el ejemplo y disciplina familiares: Rosario y oración en familia, amor y concordia que acompañaban el duro trabajo en el campo... En aquel tiempo, en la escuela de Sotto il Monte únicamente se cursaban los tres primeros cursos de la enseñanza elemental y a los diez años los hijos de los campesinos empezaban a trabajar en el campo y a ayudar en las tareas domésticas. Pero con Angelo se hizo una excepción, en vista de su profunda pasión por el estudio pudo seguir estudiando, primero privadamente a las órdenes del párroco de Carvico y posteriormente en el Colegio de Celana, para finalizar sus estudios elementales y empezar los primeros estudios de Latín. En otoño de 1893, con 12 años, ingresó en el Seminario de Bérgamo y fue admitido en el tercer curso de los estudios superiores. Su vocación sacerdotal era natural desde su niñez y siendo Pontífice diría que "nunca había dudado que ser sacerdote era lo que la vida le tenía reservado". En el Seminario se familiarizó no sólo con las ciencias religiosas sino también con la problemática humana y social. Otra oportunidad excepcional vino para el joven seminarista: era tan inteligente que sus superiores lo mandaron a Roma para perfeccionar sus estudios, ya que las leyes eclesiásticas no permitían la ordenación sacerdotal antes de los 23 años. El 13 de julio de 1904 se graduó en Sagrada Teología. El 10 de agosto del mismo año fue ordenado en Santa María in Monte, iglesia situada en la Plaza del Popolo. Al día siguiente celebró su primera misa en la Basílica de San Pedro. Ese día, inolvidable para él, terminó con un hecho feliz. En medio de la multitud de peregrinos, el Padre Angelo se encontró con el Papa y lo presentaron al Pontífice con estas palabras: "Santidad, éste es un joven sacerdote que esta mañana ha celebrado su primera misa". El Papa se le acercó y le dijo: "Muy bien, le animo a hacer honor a sus buenos propósitos". Después el Papa dio unos pasos hacia otros peregrinos pero enseguida se volvió a él y le preguntó: "¿Y cuándo celebrará la primera misa en su pueblo?". Angelo respondió: "Para la Asunción, Santo Padre". El Papa respondió: "Deseo que sea una gran fiesta".
Así fue, el 15 de agosto de 1904 Sotto il Monte recibió al joven sacerdote para la Primera Santa Misa. Tras la lectura del Evangelio Angelo subió al púlpito para realizar su primer sermón. A sus pies, escondido, estaba el sacristán, que tenía que avisarle si sus palabras eran demasiado difíciles para los feligreses. Ciertamente, después de tantos años de estudio, Don Angelo no quería correr el riesgo de no ser comprendido por sus paisanos. Como el sacristán no intervenía, Don Angelo hizo una pausa y le miro. "Venga, Padre Angelo", murmuró el sacristán, "todo se entiende. ¡Es tan claro como el agua!"

 

HIJO DE CAMPESINOS

Con estas sencillas palabras humanas se presentó a los venecianos el nuevo Patriarca Angelo Giuseppe Roncalli el 15 de marzo de 1953, y resumen brevemente su biografía: "Os quiero hablar con la mayor claridad de corazón y de palabra. Os han contado cosas de mí de mucha grandeza y que no me corresponden. Ahora me presento con toda humildad. Como toda persona aquí presente procedo de una familia y de un sitio determinado; que con la gracia, la buena salud física y un poco de buen sentido vea con claridad las cosas; que con buena disposición al amor a la humanidad me mantenga fiel a la ley del Evangelio respetando mis derechos y los demás para hacer a todos el bien en vez de hacerles daño. Vengo de una familia humilde y fui educado en una feliz pobreza que protege de las más grandes y nobles virtudes y prepara para el ascenso en la vida. La Providencia me sacó de mi pueblo natal y me llevó a recorrer tierras de Oriente y Occidente acercándome a personas de religiones e ideologías diferentes a la mía. Permanecí en contacto con problemas sociales intensos y peligrosos, manteniendo la calma y el equilibrio y buscando siempre lo que une en vez de fijarme en lo que separa a unos de otros."
BULGARIA, TURQUÍA, GRECIA

 

Para ser amigo de todos

Un pastor desde el principio. Esta es la novedad que Angelo Giuseppe Roncalli aportó a su servicio en los tres países donde la comunidad cristiana católica era poco numerosa. Un pastor preocupado por mantener una buena relación con todos.

 

EN BULGARIA

Tres de marzo de 1925: el papa Pío XI nombra a Mons. Roncalli visitador Apostólico de Burgaria, con función episcopal: "En verdad", escribe el nuevo prelado, "ser nombrado obispo o ser un simple sacerdote sólo se ve pero no dice nada del espíritu del que busca la gloria del Señor en vez del valor escurridizo de las cosas mundanas. El espíritu es tranquilo y el corazón está en paz. Me baso en la obediencia dejando ciertas cosas y centrándome en otras. Sí, "Obedientia et Pax": he aquí mi lema. Que sea siempre así". Sobre este lema episcopal Mons. Roncalli ha meditado mucho. Será durante toda su vida la expresión más clara de su programa. El 19 de marzo de 1925 fue consagrado obispo en Roma y el 25 de abril empezó a ejercer en Sofía, la capital de Bulgaria, encontrando un ambiente que no hacía prever nada bueno. Sobre todo la población católica de Macedonia y Tracia tenía dificultades ya que a causa de la Guerra había dejado su tierra y buscaba refugio en Bulgaria y carecía de un líder religioso, lo que les dispersaba. Al día siguiente de su llegada, Mons. Roncalli recibió a los líderes de la comunidades católicas y, seguidamente, él mismo visitó a los líderes y sus comunidades, llevando a todos a todos su ayuda y su bendición. Un año más tarde nombró Administrador Apostólico de Bulgaria al Abad Stefano Kurtev y dotó a la Iglesia búlgara de una buena organización.

 

DELEGADO APOSTÓLICO EN ESTANBUL

En noviembre de 1934 Mons. Roncalli recibió el nombramiento de Delegado Apostólico en Turquía y Grecia, con residencia permanente en Estambul. Los católicos eran menos numerosos aún que en Bulgaria y la vida de fe en ese lugar no era nada fácil. A los pocos meses de su llegada a Estambul el gobierno turco promulgó una ley que prohibía al Clero llevar ropas específicas de su religión. Por otro lado, Turquía, fuertemente intervenida por el Estado laico de Kemal Atarturk, igualmente el gobierno no reconocía oficialmente la existencia del representante del Vaticano. Por tanto, el delegado siempre tenía que permanecer en su sitio para no correr el riesgo de ser acusado de violar alguna de las leyes del Estado. También en Grecia Mons. Roncalli tuvo que tener en cuenta la prohibición de cualquier propaganda religiosa y el prejuicio por ser fiel a Roma en un país ortodoxo estricto. Pero pudo practicar la paciencia y la caridad siendo extremadamente prudente y solucionando los problemas que iban surgiendo. A la vez, cultivó las buenas relaciones con los representantes de la Iglesia Ortodoxa, igual que lo había hecho en Bulgaria. Tal es así que un religioso escribió al partir de Sofía: "Con esta acción personal, con su amor, su comprensión de la situación, efectivamente contribuyó a aproximar las almas al margen de todos los prejuicios que nos separaban". En Turquía y después en Grecia, mantuvo su apostolado ecuménico: Todo lo que era cristiano le atraía", escribía Mons. Vuccino, arzobispo griego, "con coraje llamó a las puertas de los monasterios y de las iglesias ortodoxas para contemplar y venerar los antiguos iconos, los maravillosos mosaicos y los manuscritos. Fue a visitar a los monjes del Monte Athos y éstos quedaron maravillados de ver a su lado al representante de la Iglesia de Roma". También visitó al Patriarca Ortodoxo de Constantinopla y dio a las celebraciones litúrgicas una majestuosidad tal que los impresionó a los hermanos orientales. Cuando Pío XI murió todos los representantes de la iglesia Ortodoxa fueron invitados a la Misa en honor al difunto en la Catedral de Estambul. Se desarrolló en un esplendor nunca visto en Estambul y Mons. Roncalli quiso que los cuatro representantes de las iglesias pronunciaron con él las cinco absoluciones usuales para la muerte del Papa. Durante la Segunda Guerra Mundial Mons. Roncalli desarrolló una importante con los refugiados y los prisioneros de guerra. Protegió al pueblo y a algunos soldados italianos de los alemanes consiguiendo que Atenas fuera una "ciudad neutral" igual que Roma. También escondió a judíos de las mortíferas tropas alemanas.

 

LA PUERTA SIEMPRE ABIERTA

En su discurso de partida dirigido a los católicos de Bulgaria, Mons. Roncalli expresaba su amor y su dolor por la partida. "De acuerdo con una tradición irlandesa, en la noche de Navidad todas las casa ponen en la ventana una vela encendida para mostrar a María y a San José un refugio para la Nochebuena, que en esa casa hay un lugar para ellos. Del mismo modo, esté donde esté, incluso en el fin del mundo, cuando un búlgaro pase por mi ventana. Llamará a la puerta y le abrirán; sea católico u ortodoxo, podrá entrar y encontrar en mi casa cálida hospitalidad".

 

EN FRANCIA DESPUÉS DE LA GUERRA

En la patria de la Revolución Francesa, los prejuicios contra la Iglesia no mermaban en absoluto. La Guerra recién concluida no hacía más que favorecer los mismos. No obstante la amabilidad y el carácter cariñoso de Angelo Roncalli logró conquistar el corazón hasta de los más anticlericales. En diciembre de 1944 Mons. Roncalli recibió un telegrama desde la Secretaría de Estado: "Venga de inmediato. Trasladado como Nuncio a París. Tardini". Aquel "de inmediato" sonaba como muy imperioso. Roncalli marcha de inmediato. No transcurren ni 48 horas desde que marcha de Estambul, tras pasar por Roma para prestar obediencia al Papa, Mons. Roncalli se traslada en avión a Orly. En París Mons. Roncalli da muestras de su habilidad diplomática, junto con su gran caridad. La situación de la Iglesia en Francia no es nada buena; el país está hundido desde 1939 en uno de los períodos más tristes de su Historia: la derrota militar, la ocupación. La resistencia, los dos gobiernos nacionales, la liberación... Indudablemente en la hora del triunfo final de la Resistencia, todas las instituciones que sobrevivieron a la ocupación nazi serán puestas bajo sospecha y entre ellas estará la Iglesia: el Nuncio, Mons. Valeri, los obispos y las organizaciones católicas. Una propaganda envenenada, impulsada especialmente por el Partido Comunista, acosa con vehemencia a la Iglesia con acusaciones de colaboracionismo con el enemigo alemán, mientras el Nuncio y los Obispos lo único que habían buscado era salvar a todos los que podía, ayudando a judíos y perseguidos políticos a escapar de las tropas alemanas. El Nuncio no limita sus actividades a relaciones oficiales con el fin de solucionar las cuestiones pendientes (una de las cuestiones de enfrentamiento y que tuvieron solución fue lo que se debía a los colegios católicos tras ser clausurados en 1945), sino que en aquellos años difíciles también promueve y anima en el seno de la Iglesia actividades para superar los horrores y divisiones dejadas por la guerra.
Visita con detenimiento todo el país, estando siempre presente en las celebraciones religiosas, en las reuniones, asambleas de obispos y sacerdotes, en los congresos, convenciones y comisiones de estudio.

 

CUESTIONES APREMIANTES

En 1950 visita también los territorios franceses del norte de África, describiendo así brevemente su gira en una carta: "En 38 días he recorrido diez mil kilómetros en coche, siguiendo la dirección de la invasión árabe. Desde Túnez a lo largo de toda Argelia y Marruecos... entre largos y pequeños discursos, más bien breves en su mayoría, he tenido que hablar de memoria unas cincuenta veces... No he caído enfermo ninguna vez salvo un pequeño resfriado visitando El Escorial. Un día en ayunas y de descanso en Madrid y me he puesto de nuevo en movimiento." Acerca de la cuestión de los "curas-obreros", Mons. Roncalli adopta una actitud prudencial en espera ante lo que es una experiencia, aún con las limitaciones que la misma aconseja. Uno de los principios es que "sin un poco de santa locura, la Iglesia no ensancha sus pabellones".

 

DINAMISMO Y AMABILIDAD

En los años en los que permanece en París, el Nuncio conquistará Francia mediante su acogedora amabilidad, su comportamiento modesto y su caridad que abarca a todos sin hacer diferencias, así que llega a declarar abiertamente: "A menudo me encuentro más a gusto entre ateos o comunistas que entre algunos católicos fanáticos y fundamentalistas". Tiene relaciones de amistad y contactos con toda clase de gente, incluso con parlamentarios y hombres del Gobierno que pertenecen a partidos contrarios a la Iglesia, multiplica los contactos humanos mediante su brillante y prudente conversación, rebosante de calor humano. Por poner un ejemplo en una recepción diplomática, el Nuncio Roncalli se da cuenta que el embajador soviético está arrinconado y con cierto enfado. Se le acerca y empieza a hablarle de una manera muy rara para un diplomático: "Excelencia"- le dijo- "nosotros pertenecemos a dos campos opuestos; pero tenemos en común algo importante: la barriga. Ambos estamos un poco redondos...". Bolgomolov suelta una carcajada muy alegre y el hielo se rompe.

 

FINO CONOCEDOR DE LOS HOMBRES

Cuando mons. Roncalli deja Francia a principios de 1953, tras ser nombrado Patriarca de Venecia, lleva toda la simpatía del pueblo francés. En la comida oficial de despedida el propio Herriot, un radical conocido por ser un encarnizado anticlerical, explicó las razones del prestigio adquirido por Roncalli en Francia: "El pueblo francés no olvidará la bondad, la delicadeza de trato, las pruebas de amistad recibidas, habiéndole conocido no solo como diplomático sino como un preciado estudioso de la Antigüedad, que ha visitado toda Francia hasta las costas africanas, y también un gran conocedor de los hombres. El pueblo francés, que sin duda tiene sus defectos, se deja aún seducir por la bondad de corazón: así que tanta bondad ha encontrado en el Nuncio, este italiano afrancesado, que se abre cordialmente en usted": Y así será el 15 de enero de 1953 cuando el Presidente Auriol entregue la birreta cardenalicia, como la tradición permite que lo haga a ciertos jefes de estado de algunos países católicos. El Eliseo fue el lugar en que se desarrolló una escena inolvidable: en el momento en que Roncalli se va a poner de rodillas para recibir la birreta, el Presidente reacciona de manera huidiza; mientras el Jefe de Protocolo le mira con ojos de fuego, Auriol se inclina hacia el Cardenal y le dice con voz temblorosa: "No, Eminencia, levántese, levántese; soy yo el que tengo que arrodillarme frente a usted..."

 

HUMILDE PATRIARCA DE VENECIA

Al llegar a Venecia esperaba que la ciudad de la Laguna iba a ser su última etapa tras un largo itinerario siguiendo la voluntad de la Divina Providencia, a la que siempre obedeció. Pero no fue así. Había un tren rumbo a Roma... En el Consistorio del 12 de enero de 1953, Pío XII crea a Roncalli Cardenal de la Santa Iglesia Romana, y lo nombra Patriarca de Venecia, donde será recibido el 15 de marzo del mismo año. Los venecianos le bautizan pronto como "el descanso tras el huracán", tomando el relevo del Patriarca Agostani, hombre austero y cerrado, asceta y trabajador infatigable. A la edad de 72 años comienza una nueva etapa para el Cardenal Roncalli y él piensa que es la última. En Venecia ha encontrado por fin lo anhelado desde su ordenación sacerdotal: el trabajo pastoral concreto, el estrecho contacto con sacerdotes y pueblo. Recién llegado a su sede se dedica a la Visita Pastoral que había sido interrumpida por la muerte de su predecesor, terminándola con la convocatoria de un Sínodo Diocesano. Durante los cinco años y medio de su patriarcado fundará unas treinta parroquias y dará aliento a la Acción Católica; da un mayor esplendor a la Basílica Dorada y colocará en su cripta los restos mortales de sus predecesores; trabaja mucho para dar un lugar digno, decoroso y propio para palacio patriarcal y realiza la ordenación de los archivos diocesanos; se hace presente por medio de sabios consejos en muchos eventos civiles, políticos y culturales de la ciudad.
También regresa a Oriente en 1954, como Legado Pontificio en el Congreso Nacional Mariano de Beirut en Líbano, y en Francia, en 1958, para consagrar en Lourdes la espléndida basílica subterránea dedicada a San Pío X. En Venecia, que emocionalmente le hace regresar a Oriente, sigue con su apostolado ecuménico, buscando contactos con los "hermanos separados" y participando cada año en la Novena para la Unidad de las iglesias cristianas con homilías y charlas que exprimen su deseo ardiente por la cuestión. "El camino para la unión de las distintas iglesias cristianas - dice de manera valiente- es la caridad, poco observada por ambas partes". En Venecia el Patriarca Roncalli deja un recuerdo inolvidable. El nuevo Patriarca vive de una manera modesta, sin lujo, ni formalismo; de vez en cuando se le ve en las calles, acompañado sólo por su secretario, y se dedica a dar grandes paseos parándose a hablar con conocidos y desconocidos por igual, tratando de hablar en dialecto veneciano y ofreciendo su amistad a los gondoleros. Cuando llega a Venecia quiere que se sepa de manera clara que quien sea puede ir a visitarle, sin formalismo alguno, ya que dice "quien sea puede tener necesidad de confesarse y no podría rehusar escuchar los sufrimientos íntimos de un alma apenada". De hecho según una expresión verídica atribuida por un periódico veneciano: "recibía sin demora hasta al más ínfimo de los pordioseros". Muy pronto los venecianos caerán en la cuenta que tras la sencillez se oculta un hombre de una extraordinaria cultura, un hombre que, tal como reza este mismo periódico, "tenía toda una biblioteca en la cabeza". Verdaderamente el Patriarca Roncalli era un hombre cultivado en estudios histórico y conocedor de varios idiomas extranjeros, ha viajado mucho y su variada experiencia le concede aquella seguridad que encanta a todos: intelectuales e ignorantes.
Cuando marcha al Cónclave tras la muerte de Pío XII, una gran multitud de venecianos le acompaña a la estación de trenes gritándole a voz en grito deseos y augurios de buen viaje y de buen trabajo. Lo ocurrido es lo mismo que 55 años antes, cuando otro Patriarca de Venecia, el Cardenal José Sarto, partió a Roma también para un Cónclave; tal vez los venecianos perciben que como entonces ahora el Patriarca tampoco volverá a Venecia. Si tenemos en cuenta el gran gentío que fue a despedir al viajero, se diría con propiedad que sí. Para el Cardenal Patriarca al contrario, como escribe su secretario Mons. Capovilla, "la tranquilidad de siempre... No se traía ningún documento personal, ni siquiera su testamento personal que otras veces había puesto en clara evidencia": El Patriarca Roncalli se marcha a Roma tranquilo, un "paréntesis" antes de volver a Venecia, donde piensa haber encontrado ya su lugar propio de trabajo y de descanso a su debido tiempo, tras tanto peregrinar por el mundo. Pero la Divina Providencia todavía tiene una vez más algo diferente preparado para él.

 

BUEN HUMOR QUE NUNCA FALTA

El buen humor, que es como un segundo traje para el futuro Papa, puede desarrollarse plenamente en Venecia, en el marco natural de una ciudad que aprecia muchísimo las rápidas respuestas. "¡Por caridad, - recomienda el Patriarca - no relaten a todo el mundo mis sentencias más descabelladas!"
Pero sus alegres comentarios pasan de boca en boca. Un día, hablando con uno de los hombres más ricos de la ciudad, le dice: "Usted y yo tenemos algo en común: el dinero. Usted tiene muchísimo y yo no tengo ni cinco. La diferencia está en el hecho de que yo no me preocupo por eso". En otra ocasión, a un periodista que le pregunta lo que hubiera sido si pudiera empezar de nuevo su vida, responde: "Periodista". Luego, con una sonrisa alegre añade: "¡Y ahora vamos a ver si Usted tiene la osadía de decirme que, si pudiera nacer de nuevo querría ser Patriarca!". A otro entrevistador demasiado curioso: "Usted incluso sería capaz de preguntarme cuántos botones tiene mi sotana..."

 

APARENTANDO SER APRENDIZ

A un primer golpe de vista puede parecer que así fueron los primeros tiempos del pontificado de Angelo Roncalli. No obstante Juan XXIII supo dotarse de un programa preciso, cargándose de compromisos serios, dotados de grandes y trascendentales consecuencias. No olvidó jamás que el primer papel de un Papa es la oración. Si el mundo católico se extrañó ante el anuncio de la elección del Cardenal Roncalli, de quien se había hablado poco antes del Cónclave y del que poco se conocía, más todavía le extrañó a él mismo que ni se había planteado semejante posibilidad. Desde el principio se definía amablemente como "un Papa aprendiz" y decía "dejadme que haga mi noviciado", se acercó sin temor a sus primeras tareas y con su habitual tranquilidad se enfrentó a ellas. La misma noche de la bendición "urbi et orbi", su secretario le preguntó cuáles eran los primeros problemas de importancia a los que se quería enfrentar, respondió: "Ahora voy a tomar mi Liturgia de las Horas y voy a rezar Vísperas y Completas".
En los dos discursos iniciales del 29 de octubre, en su primer radio-mensaje al mundo y en el del día 4 de noviembre, día de la Coronación, Juan XXIII trazaba cuidadosamente y con aplomo el programa de su Pontificado, realizado después de manera efectiva con mucha paciencia, fuerza y tenacidad. "Queremos sobre todo subrayar con insistencia que Nosotros cargamos en nuestro corazón de una manera muy especial la tarea de pastor de toda la grey. Todas las otras cualidades humanas - la ciencia, el interés y el tacto diplomático, los talentos organizativos y de liderazgo, - pueden ser como ornamentos, acabados y para completar un gobierno pontifical, pero de ninguna manera pueden tomar el lugar suyo. Mas el punto central de todo es el celo, la pasión del "Buen Pastor", listo para cada ardua empresa sagrada, lineal, constante, hasta el sacrificio extremo". Un programa entonces clara e inequívocamente pastoral. Pero también ecuménico y misional, guiado por la conquista de los alejados: "El horizonte se ensancha: Tengo también otras ovejas que no son de este corral y necesito traer aquí a esas también; oirán mi voz, y de todas se hará un solo rebaño con un solo Pastor - Gv. 10,16. He aquí el problema misional en toda su vastedad y hermosura. Ésta es la razón profunda de ser del Papado, la primera aunque no sea la única". Y más: "Queremos abrir el corazón y los brazos a todos aquellos que están separados de esta Sede Apostólica. Deseamos ardientemente su regreso a la casa del Padre común." En resumen, un programa de vivo interés por los problemas de la humanidad, de un modo particular en lo referente a la paz y a la justicia social: "Que nos sea permitido enderezar nuestra llamada a los gobernantes de todas las naciones, en cuyas manos están puestas las suertes, la prosperidad, las esperanzas de cada pueblo. Por qué no se encuentra al fin y con justicia la manera de superar la desidia y las riñas. Porque los recursos del genio e inteligencia humanas y de las riquezas de los pueblos se usan después para fabricar armas y no para acrecentar el bienestar de todas las clases de ciudadanos, particularmente de los más necesitados... Que se pongan manos a la obra, con firmeza, confianza y la ayuda de la asistencia divina." Pequeñas novedades pero importantes. Fijado claramente el programa de su acción pontificia, Juan XXIII empieza por las cosas pequeñas que, más que todas, ponen en evidencia su estilo. Al director del Osservatore Romano le llama "el alta y noble palabra de Su Santidad" y otras cosas semejantes tienen que ser abandonadas, elimina la prohibición de toda presencia humana durante sus paseos por los jardines vaticanos, incluso le gusta hablar con los jardineros, soldados suizos, albañiles... "He leído con mucho detenimiento el Evangelio y no he encontrado nada de que el Papa no tenga que tener compañía", dice a quienes le hicieron notar que los Pontífices comen a solas; desde entonces en la mesa del Papa Juan se sientan habitualmente prelados y amigos. El Papa Juan empieza también a salir del recinto de la Ciudad del Vaticano, rompiendo así también con la tradición de que el Papa viva aislado dentro del diminuto Estado. Los romanos se acostumbran rápidamente a verle dar vueltas por Roma, visitando parroquias, hospitales, cárceles y viejos amigos enfermos; con su temperamento amistoso y burlón comienzan a llamarle "Juan fuera del murallas".

 

EL PAPA Y LOS NIÑOS

Quedaron memorables encuentros del Papa bueno con los niños. Cuando visitó a los pequeños pacientes del Hospital del Bambino Gesú oyó la voz de voz que decía: "Ven aquí, Papa, ven aquí, Papa..." Se acercó a su camita y le preguntó: "¿Cómo te llamas?". "Ángel, Papa". "Mira, querido pequeño, hace un tiempo yo también me llamaba Ángel pero desde hace unos días me han hecho cambiar mi nombre. Ahora me llamo Juan". En otra sección del hospital un niño ciego le dijo: "Yo sé que eres el Papa, pero no puedo verte. Aun así te quiero muchísimo." De los ojos del Papa Juan brotaron dos lágrimas y tal vez fue la primera vez en que le faltaron palabras. Pero el episodio más conmovedor fue aquel en que concedió audiencia a una niña americana desahuciada por la leucemia y que había expresado su deseo de ver al Papa antes de su muerte. La niña, que fue con su traje blanco de Primera Comunión, con sus mejillas sonrosadas y aparentemente lozana pero que apenas podía ponerse en pie. El Papa Juan se le acercó, la tomó de la mano y la hizo sentar a su lado. Luego "hablaron juntos" alrededor de tres cuartos de hora: qué se dijeron en aquel largo rato, pues tanto tiempo no lo dedicaba el Papa ni a las más altas personalidades, se queda en un misterio; y más si se tiene en cuenta que los conocimientos de inglés del Papa eran muy limitados. Pero las almas puras y santas, aquellas como las del Papa y las de aquellos niños, se entienden aún sin necesidad de muchos discursos.

 

UN ESPÍRITU LIBRE

Se entendió inmediatamente desde el propio nombre, Juan XXIII, que algo iba a ser diferente y distinto en el viejo mundo de la Iglesia. De Juanes, en la Historia habían pasado veintidós. Uno se había llamado Juan XXIII pero había sido antipapa. Desde entonces, ningún Papa tuvo la valentía de asumir aquel nombre. Roncalli la tuvo, sin miedo a confundirse con un usurpador de la Cátedra de Pedro. Era la imagen diametralmente opuesta de su predecesor. Pío XII era diáfano, hierático, aparecía recogido dentro de su alta sacralidad, pontífice aristócrata, romano, pastor encima del mundo, Pastor angelicus. De Juan XXIII en lugar de una imagen espléndida se le representa con una de sus imágenes más emblemáticas. Es aquella en que luce sobre su cabeza el "camauro", un gorro de terciopelo rojo bordado de piel blanca, que hace de él, campesino de Bérgamo, un apacible, tranquilo y sereno pontífice renacentista. Lo llevaba bien apretado a la cabeza para poder calentarse las orejas.

 

LA NUEVA PRIMAVERA DEL CONCILIO ECUMENICO

¿Cuál es la imagen tópica utilizado por la gente sobre Juan XXIII? Como un Papa abuelito, bonachón... Pero no es una imagen que explique totalmente la personalidad de Angelo Roncalli, siendo bueno era también un hombre de gran cultura y capaz de tomar decisiones que iban a marcar profundamente la vida de la Iglesia. Sería una grave equivocación limitarse a ver a Juan XXIII como un Papa de una exquisita bondad y buen humor, sin tener en cuenta su amplia personalidad. En este caso no hubiera sido un Papa magno. ¡Sin embargo sabemos que lo ha sido y con creces! Es suficiente para ello acordarnos de sus actos de gobierno más notables para ver en toda su amplitud la puesta en marcha de su plan de acción, y también que supo actuar con una rapidez y energía que asombrarían en un hombre mucho más joven que él. El 17 de noviembre de 1958, el Osservatore Romano, dio la noticia de que el nuevo Papa, en el Consistorio del 15 de diciembre, iba a nombrar a 23 nuevos cardenales, entre ellos el primer africano, y de hecho los no italianos eran más de la mitad: El Sacro Colegio venía así a tomar el rostro de la mayoría internacional.

 

ANUNCIO DEL CONCILIO

Sucedió el 25 de enero de 1959, festividad de la Conversión de San Pablo estando los cardenales reunidos en la Basílica de San Pablo, fuera de las murallas. Juan XXIII anuncia "temblando un poco por la conmoción, mas aún con humilde determinación de propósito" su proyecto de convocar un Sínodo Diocesano para la diócesis de Roma, un Concilio Ecuménico para la Iglesia Universal y la Reforma del Código de Derecho Canónico (compilación de todas las leyes que rigen la Iglesia Latina), precedido por la promulgación del Código de Derecho Canónico Oriental. Los Cardenales se quedaron atónitos, literalmente sin palabras, como hechizados por palabras tan abrumadoras y colosales que ninguno de sus Pontífices precedentes, aun cuando se los plantearon de pensamiento, se atrevieron a poner en marcha. El Papa Juan se atreve a lanzar estas propuestas antes incluso de verlas bien claras en su mente, antes todavía de haber estudiado cómo ponerlas en práctica; el proyecto del Concilio sobre todo, como él mismo dijo, no maduró en él "como el fruto de un largo proceso de meditación y planificación, sino como la flor espontánea de una primavera inesperada"; y, en el mensaje al clero veneciano del 25 de abril de 1959 añade: "Por el anuncio del Concilio Ecuménico Nosotros hemos escuchado una inspiración; Nosotros hemos considerado su espontaneidad, en la humildad de nuestra alma, como un toque imprevisible e inesperado". La inmensa confianza que Juan XXIII siempre tuvo en Dios, le ha llevado a responder con prontitud a la inspiración, antes aun de poder preguntarse cómo hubiera podido realizarla en la práctica. Pero si el primer anuncio fue casi tímido e inseguro, enseguida la exhortación del Papa para preparar el Concilio no conoce descanso: habla con los cardenales y con los obispos, con los peregrinos, con todos lo que recibe en audiencia, por fin con todos los que pueden acelerar la preparación y hasta con quienes no pueden hacer nada; a todos les entrega una labor para la preparación del Concilio, aunque no fuera otra labor que rezar: "No dudamos al decir - afirma en un discurso del 13 de noviembre de 1960- que nuestras diligencias y estudios para que el Concilio sea un gran evento, podrían volverse inútiles, si el esfuerzo colectivo de santificarnos fuera menos acorde y menos decidido. Ningún elemento podrá contribuir tanto como la santidad, buscada y alcanzada. Las plegarias, las virtudes de cada cual, el espíritu interior consiguen ser un instrumento de inmenso bien". Mientras el complejo mecanismo del Concilio Ecuménico trabaja con celeridad a través de una inmensa cantidad de estudios, papeles, cartas... que llegan de todos los rincones del mundo católico, mientras comisiones y subcomisiones, padres conciliares y expertos cumplen con un trabajo exorbitante que ordinariamente necesitaría mucho más tiempo, de esta manera los proyectos del Papa llegan pronto a un punto de maduración y son realizados. El Sínodo romano, el primero que tiene lugar en la ciudad Santa tras el Concilio de Trento, se realiza en enero de 1960. Luego echan a andar los trabajos de revisión del Código de Derecho Canónico que marchan a la par que los de preparación del Concilio Ecuménico. Las propuestas legislativas del nuevo Papa no quedan ahí, hay otras que la gente en general no percibe pero que marcan una profunda renovación en la Iglesia. Reabre el diálogo con los Anglicanos, después de ocho siglos de odios y equívocos, rechaza tajantemente la hostilidad hacia los judíos, ordenando suprimir de los misales las maldiciones contra "los pérfidos hebreos", proclama el primer santo negro: un mulato de Perú, San Martín de Porres.

 

LA CARICIA DEL PAPA

Es la noche del 11 de octubre de 1962, al terminar la peregrinación de antorchas y faroles concluye el acto inaugural del Concilio Ecuménico VaticanoII. El Papa Juan pronuncia en la plaza de San Pedro unas palabras en tono familiar, que conquistarán y emocionarán al mundo entero: "Queridos hijos, escucho vuestras voces. La mía es una sola pero recoge las del mundo entero: aquí todo el mundo está representado. Se diría que hasta la luna salió deprisa esta noche, observarla en lo alto, está viendo el espectáculo. Mi persona no cuenta nada: es un hermano que habla con vosotros, se ha convertido en Padre para hacer la voluntad de nuestro Señor... Pero todos juntos, paternidad y fraternidad y gracia de Dios, todo, todo... Debemos continuar amándonos, amarnos así; mirándonos así en el encuentro: coger lo que une, dejar atrás, si hay, algo que pueda ponernos un poco en dificultades... Cuando vuelvan a sus casas encontrarán a sus niños, les ruego que les den a sus hijos una caricia y les digan: Esta es la caricia del Papa. Encontrarán alguna lágrima que enjuagar, digan ante esto una buena palabra. El Papa está con vosotros, especialmente en las horas de tristeza y amargura. Y luego, todos juntos nos infundiremos ánimo y vida: cantando, suspirando, llorando pero siempre llenos de confianza y fe en Dios que nos ayuda y nos escucha, seguiremos para encontrar de nuevo nuestro camino.

 

LA INMENSA FUERZA DEL CRISTIANISMO

¿De dónde nace en Angelo Roncalli esa mirada al hombre tan positiva, tan confiada en sus capacidades? No nace de un ingenuo sentimiento sino de una certeza de que aquello que habita en el corazón de cada hombre es una búsqueda de significado, de Dios. También en el hombre que parece hacerse "dios" por medio del progreso científico. Con su última Encíclica "Pacem in Terris", por primera vez en la Historia de la Iglesia el Papa no habla solamente a los obispos, al Clero y a los fieles católicos, sino también "a todos los hombres de buena voluntad": a cuantos entonces creen en la existencia de valores naturales que en cada criatura dejan impresa la huella del Creador. La Encíclica se basa en una visión optimista del hombre y de la Historia de la Humanidad, en la seguridad de que las sanas fuerzas de la toda la humanidad contesten positivamente al llamamiento de paz del Vicario de Cristo y que las ideas y hechos de la Historia de la Humanidad, guiados y ordenados de manera oculta por la Divina Providencia, conduzcan a los hombres a una indudable visión cristiana de la vida. No obstante las apariencias se nos muestran contradictorias.

 

UNA MIRADA POSITIVA

La magnitud y la extraordinaria popularidad del Papa Juan proceden en buena parte, también de este inalterable optimismo frente al hombre y frente a toda la Humanidad, sustentado en una inquebrantable y valiente fe, y de un sentido intenso y fuerte de lo Divino, que le permitió ir al encuentro, y establecer los consiguientes contactos, con las iglesias ortodoxas y protestantes, además de con hombres de distinta fe, religión o ideología. Para tal fin no presenta a la Iglesia como una torre de marfil cerrada sino más bien como "la Casa del Padre común", abierta a todos. Juan XXIII, convencido firmemente en la inmensa misma del cristianismo, no tiene miedo a enfrentarse a lo que sea y además tiene la profunda certeza de que el dinamismo y la lógica de la verdad, de la libertad y de la justicia, una vez que ha sido puesta en marcha, van a triunfar frente a la maldad y al oportunismo humanos. Por eso, el Papa Juan nunca tuvo miedo ni siquiera a los abrumadores progresos de la ciencia y de la técnica (con un radiomensaje saludó el vuelo humano al espacio), porque él sabía muy bien que cualquier progreso científico y técnico, por abrumador y extraordinario que sea o pueda parecer, deja siempre sin contestar las preguntas últimas que el hombre se cuestiona sobre sí mismo y sobre las razones y motivos últimos de su existencia en el universo; sabía que el progreso material deja siempre atrás el vacío del alma que ningún orgullo humano podrá jamás llenar.

 

¡EL PROGRESO NO BASTA!

Angelo Roncalli sabía que los autodenominados "espíritus libres" en la mayoría de las ocasiones eran en realidad espíritus descontentos, que pueden ser reconquistados por la fe y por la esperanza solamente desde la comprensión y la humildad, con aprecio sincero a su dignidad humana y a su buena fe; sabía que sin embargo tarde o temprano el hombre y toda la humanidad, después de haber experimentado por unas horas del gozo efímero del progreso, está abocado a volver sobre las verdades de siempre, a la fe sencilla del niño y de la abuelita, que tiene más valor que todas las máquinas que el hombre pueda construir con sus manos, de toda su cultura y de todos los progresos científicos, y que es lo único que puede dar la tranquilidad y la paz en las relaciones humanas.

 

CON LA MISIÓN SIEMPRE EN EL CORAZIÓN

Cuando desde el balcón exterior de San Pedro fue anunciada la elección de Roncalli como Sumo Pontífice el 28 de octubre de 1958, los que conocían su trayectoria y pensamiento previeron que Juan XXIII iba a ser un Papa misionero. El comienzo de su actividad misionera se remonta a 1921 cuando fue llamado a Roma por el Cardenal Van Rossum con el fin de que se hiciera cargo de las Obras Misioneras en Italia, su interés por las misiones había empezado mucho antes. El 21 de abril de 1961, al terminar una reunión de la Comisión de Misiones que preparaba el Concilio, de forma confidencial el Papa dijo que había encontrado algunos escritos espirituales de cuando, quinceañero, estudiaba en el seminario de Bérgamo; en ellos había hecho el propósito de rezar al Señor siempre e intensamente por los "hermanos separados" y por las necesidades de las misiones porque, añadía, como era propio en aquellos años había empezado a interesarse por la obra misionera a través de publicaciones especializadas. En la diócesis de Bérgamo, el cura Roncalli fue un diligente animador de la cooperación misionera y ciertamente por su sensibilidad, además de sus altos talentos intelectuales y de corazón, fue llamado a Roma en 1921 por Benedicto XV, quien quiso nombrarle Director de la Obra de Propagación de la Fe en Italia, con el encargo preciso de renovar la organización de la Obra misma en todo el país.

 

EL ESPÍRITU MISIONERO

Mons. Roncalli permaneció en Roma desde 1921 hasta 1925, en que fue nombrado Visitador Apostólico en Bulgaria, por tanto, cuatro años dedicados exclusivamente a la cooperación misionera. En este tiempo tuvo tiempo de hacer visitas a lo largo y ancho de toda la península, unificando los distintos consejos regionales en un único centro nacional; visitó también algunos países extranjeros (Francia, Austria, Bélgica, Holanda y Alemania) para estudiar las formas de cooperación con las misiones que ponían en marcha en estos países: fundó y dirigió la revista "La propagación de la Fe en el mundo"; trabajó para la organización de la gran exposición misionera realizada en los jardines vaticanos con motivo del Año Santo de 1925. Sus escritos de aquella época están recogidos en el volumen que lleva por título "La propagación de la Fe", realizada con el patrocinio de la Unión Misional del Clero en Italia. En esta obra reluce el amorfervoroso del joven sacerdote por la causa misionera. En los 20 años posteriores, que pasó en Bulgaria, Turquía y Grecia, mons. Roncalli conoció a los "hermanos separados" y al vasto mundo del Islam; y más tarde, como Nuncio en Francia y Cardenal de Venecia, tuvo la oportunidad de visitar El Líbano, Túnez, Argelia y Marruecos; que le dejaron fuertes y duraderas impresiones, tal como reflejó en una carta dirigida al alcalde de Florencia, Sr. La Pira, el 19 de septiembre de 1958: "En confianza le diré que desde que el Señor me ha guiado por el mundo al encuentro de hombres y civilizaciones distintos a los cristianos he repartido las horas cotidianas del breviario para así poder extender un abrazo espiritual en la oración desde Oriente hasta Occidente..." Muy pronto, como Cardenal de Venecia participará en algunas manifestaciones misionales de gran importancia: el 17 de febrero de 1957 pronunció el discurso oficial de conmemoración de Mons. Conforti, fundador del Instituto Misionero Javierano, y en septiembre del mismo año pronunció la alocución final del Congreso Nacional Misionero de Padua.

 

EL PATRIARCA EN MILÁN

Pocos meses después, el 3 de marzo de 1958, el Cardenal Roncalli estuvo en Milán, en la sede del PIME, con ocasión del traslado de los restos de su predecesor en la sede de San Marcos el Patriarca Ramazzotti, fundador de las Misiones Extranjeras de Milán. En aquella ocasión el cardenal Roncalli pronunció un importante discurso misionero, acordándose de hechos anteriores de su vida, en los que llamaba la atención su amor a las misiones, dijo entre otros pensamientos: "Recuerdo la primera vez que la Providencia me llevó al Instituto de las Misiones Extranjeras de Milán en la Calle Monterosa, en el otoño de 1910, casi hace medio siglo, para la entrega del crucifijo a un buen grupo de misioneros con ocasión de su despedida. En las conversaciones llenas de fe con algunos de los ancianos, que habían regresado de los campos de evangelización, pude gozar de aquellos encuentros... me sentía atrapado de una inefable ternura, educando mi alma en la admiración y en el interés más vivo hacia quienes se sentían llamados y contestaban corriendo por aquel camino audaz y misterioso".

 

CUANDO MUERE UN PAPA

Una vez más sorprendió a todos. Como el comienzo del Concilio, su muerte fue también para el pueblo como un relámpago. Él supo vivir su enfermedad ofreciéndola por el bien de la Santa Iglesia y por amor a Jesús. Si un año antes, alguien hubiera dicho que el Papa no iba a alcanzar el verano de 1963, probablemente le hubieran tomado por loco o demente. El Papa Roncalli de hecho destacaba por su salud de hierro, él mismo lo había dicho en comentado con astucia en numerosas ocasiones. Las fatigas, los viajes, los discursos a los cuales se obligaba incesantemente, cuando tenía ya más de 80 años, no se podían explicar de otro modo sino era por su óptimo estado de salud. Hoy en día es difícil decir cuándo tuvo conciencia clara el Papa de su mal incurable, (1) un tumor maligno que había anidado en su estómago: es cierto que hasta el final siguió trabajando sin ahorrarse ningún esfuerzo y nunca perdió su optimismo confiado, que era por tanto producto de una sólida fe en Dios y de una apacible y serena aceptación de la voluntad de la Providencia. El Profesor Gasbarrini -archiatra, o sea el médico pontificio, quien estuvo con él continuamente- cuenta así sus últimos días: "Varias veces en los días decisivos le escuché decir: Hágase la voluntad de Dios". E igualmente: Querido Profesor, no se preocupe, tnego mis maletas siempre listas. Cuando sea el momento de mi partida no perderé el tiempo". La conciencia la perdió solamente al final, pero durante muchos días, en los momentos de lucidez, pudo leer los periódicos, entretener a las visitas, ocuparse hasta del gobierno de la Iglesia. Al final, tuvo fuertes dolores que aguantó con mucha valentía.
"El 3 de junio, lunes, a las siete y media de la tarde, estábamos reunidos en la habitación de al lado; frente al televisor en el que se retransmitía la misa solemne que el Cardenal Traglia estaba celebrando en la plaza de San Pedro y a la que asistía un gran gentío inmenso y silencioso. De vez en cuando se escuchaba la trabajosa respiración de Juan XXIII, cada vez más febril y más débil. Volví al lado de su cama y le tomé una mano entre las mías. Ya desde esos instantes los latidos del corazón apenas se oían. Me incliné sobre su corazón. En el mismo momento en el cual, levantando la cabeza, murmuraba: "Ya se fue", abajo, en la plaza, la misa terminaba con las palabras "Ite, Missa est". Estas palabras claras, distintas, me parecieron simólicas. El viático celestial para el alma de un Papa incomparable. Tenía los ojos llenos de lágrimas. En aquel momento alguien encendió en el aposento una gran luz"

<1>El escritor de estas páginas cree oportuno añadir esta nota. El Papa Juan XXIII ya sabía que su salud no era buena... y me parece que esto se deduce y se prueba por una anotación que hizo en el "Diario del Alma", en la fecha mencionada abajo, en un día tan importante como la apertura del Concilio Vaticano II.

11 DE OCTUBRE DE 1962

Este es el día de la solemne apertura del Concilio ecuménico. Todos los diarios dan la noticia y Roma está en el corazón exultante de todos. Doy gracias a Dios por haberme hecho digno del honor de abrir, en su nombre, este principio de grandes gracias para la Iglesia Santa. Él dispuso que la primera centella que preparó, durante tres años, este acontecimiento saliese de mi boca y de mi corazón. Estaba dispuesto a renunciar incluso a la alegría de esta apertura. Con la misma clama repito el hágase tu voluntad respecto al hecho de mantenerme en este primer puesto de servicio durante todos el tiempo y para las todas las circunstancias de mi humilde vida, o bien a verme interrumpido en cualquier momento, porque este compromiso de proceder, continuar y concluir pase a mi sucesor. Hágase tu voluntad, en la tierra como en el cielo. Fiat voluntas tua, sicut in caelo et in terra
P. Piero Gheddo (P.I.M.E.) sobre la vida de Juan XXIII

 

 


 

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